- Reconocer la diversidad de formas de productividad: El trabajo remunerado, el voluntariado, las actividades educativas y culturales, el cuidado familiar y la transferencia de saberes son todas formas legítimas de aporte social. No todo envejecimiento productivo se traduce en ingresos, pero sí en valor colectivo.
- Garantizar el derecho a seguir trabajando (si así se desea): Con condiciones laborales flexibles, adaptaciones razonables y oportunidades de reconversión profesional que consideren los saberes adquiridos a lo largo de la vida laboral.
- Promover redes de apoyo para el desarrollo de nuevas trayectorias: Tal como señala Miralles (2011), las redes familiares, comunitarias e institucionales son clave para ampliar las oportunidades ocupacionales en la vejez.
- Incorporar a las personas mayores en políticas de formación continua: Especialmente en tecnologías digitales, economía circular y oficios emergentes, asegurando su acceso igualitario a programas públicos y privados.
- Revertir el imaginario deficitario de la vejez: La evidencia demuestra que muchas personas mayores desean —y pueden— emprender nuevos proyectos, transmitir conocimientos y participar activamente en la vida económica y social, si se generan las condiciones adecuadas.