Personas mayores y empleo en Chile: del diagnóstico a la oportunidad

A pesar del envejecimiento acelerado de la población chilena, las políticas laborales aún no logran integrar de forma justa y efectiva a las personas mayores. Urge avanzar hacia un enfoque que reconozca su diversidad, aporte y derecho a seguir participando activamente en la sociedad.

Por Cristian Hernández, Economista y músico, director ejecutivo en E-duco, especialista en empleabilidad En 2016, dirigí uno de los primeros estudios nacionales enfocados en la participación laboral de personas mayores y/o próximas a jubilar en Chile. Tres hallazgos marcaron el debate público de aquel entonces: el 96% de las empresas encuestadas declaró estar dispuesta e interesada en contratar personas mayores; el 65,5% de las personas mayores que seguían trabajando declaró que lo seguirían haciendo aun cuando no tuviesen la necesidad económica de hacerlo; y, sin embargo, el 90% de las vacantes de empleo disponibles para este grupo se concentraban en posiciones de mediana o baja calificación. Una brecha evidente entre voluntad, disposición y realidad efectiva del mercado. Hoy, casi una década más tarde, los datos del censo 2024 y diversos estudios recientes muestran que, si bien hay avances, los desafíos persisten e incluso se profundizan. Según el INE, el 14% de la población tiene 65 años o más —el doble que en 1992—, y por cada 100 menores de 14 años ya hay 79 personas mayores. En comunas como Providencia o regiones como Ñuble y Valparaíso, ese índice supera los 95. El informe de Cepal y OIT (2018) ya advertía que la reinserción o permanencia laboral de las personas mayores no se explica únicamente por la necesidad económica, sino también por factores como el aumento de la esperanza de vida, la mejora de condiciones de salud, el deseo de mantener vínculos sociales, y la necesidad de independencia económica, especialmente en el caso de las mujeres. En tanto, el reciente informe del Grupo de empresas líderes por el ODS 8 de la red Pacto global Chile (2022) confirma que las personas mayores enfrentan múltiples brechas que dificultan su integración al empleo asalariado formal: baja flexibilidad laboral, escasa capacitación continua, brechas digitales y persistente discriminación etaria o edadismo, como se ha bautizado recientemente a este fenómeno. Todo esto, pese a que las personas mayores exhiben atributos altamente valorados por las propias empresas: compromiso, experiencia, profesionalismo y resiliencia. A la luz de estos antecedentes, es urgente impulsar una política laboral explícita que promueva el envejecimiento productivo, entendiendo este concepto no solo como la posibilidad de seguir trabajando remuneradamente, sino como la capacidad de las personas mayores de contribuir social, cultural y económicamente a través de múltiples formas de participación. Para ello, propongo avanzar en los siguientes ejes:
  • Reconocer la diversidad de formas de productividad: El trabajo remunerado, el voluntariado, las actividades educativas y culturales, el cuidado familiar y la transferencia de saberes son todas formas legítimas de aporte social. No todo envejecimiento productivo se traduce en ingresos, pero sí en valor colectivo.
  • Garantizar el derecho a seguir trabajando (si así se desea): Con condiciones laborales flexibles, adaptaciones razonables y oportunidades de reconversión profesional que consideren los saberes adquiridos a lo largo de la vida laboral.
  • Promover redes de apoyo para el desarrollo de nuevas trayectorias: Tal como señala Miralles (2011), las redes familiares, comunitarias e institucionales son clave para ampliar las oportunidades ocupacionales en la vejez.
  • Incorporar a las personas mayores en políticas de formación continua: Especialmente en tecnologías digitales, economía circular y oficios emergentes, asegurando su acceso igualitario a programas públicos y privados.
  • Revertir el imaginario deficitario de la vejez: La evidencia demuestra que muchas personas mayores desean —y pueden— emprender nuevos proyectos, transmitir conocimientos y participar activamente en la vida económica y social, si se generan las condiciones adecuadas.
Las trayectorias vitales de las personas mayores son ricas, diversas y profundamente entrelazadas con la historia del país. Valorarlas y potenciar su contribución es una tarea pendiente, pero no imposible. Hacerlo no solo es justo: es inteligente y necesario. Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management
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