Chile enfrenta un escenario preocupante donde el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad que afecta directamente a su población trabajadora. Según un reciente documento técnico del Instituto de Salud Pública (ISP), difundido por el portal oficial www.ispch.gob.cl, los eventos de calor extremo han aumentado en frecuencia, intensidad y duración, afectando particularmente a quienes se desempeñan en sectores expuestos al aire libre o en condiciones sin ventilación adecuada.
Entre 1981 y 2019, las temperaturas máximas en el país aumentaron en promedio 0,20 °C, con un total de 64 eventos de olas de calor registrados entre 2010 y 2019. La situación se ha intensificado en años recientes: solo en 2023, todas las estaciones meteorológicas del país registraron este tipo de fenómenos. En marzo de 2024, Santiago vivió una ola de calor sin precedentes que se extendió durante 11 días consecutivos con temperaturas por sobre los 31 °C.
La salud de los trabajadores está en riesgo. Sectores como la construcción, agricultura, minería y transporte concentran a personas altamente expuestas al calor extremo, lo que aumenta la probabilidad de enfermedades ocupacionales como deshidratación, agotamiento, daño renal, y en los casos más graves, golpes de calor potencialmente mortales. Además, el calor disminuye la capacidad cognitiva, aumenta la fatiga y eleva el riesgo de accidentes laborales.
El documento del ISP, elaborado por especialistas del Departamento de Salud Ocupacional y la iniciativa Lancet Countdown Latinoamérica, advierte que la protección de la salud de los trabajadores debe ser una prioridad en el contexto del calentamiento global. Los organismos internacionales coinciden: la Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que, hacia 2030, el estrés térmico causado por el calor extremo provocará la pérdida del 2% de las horas trabajadas a nivel global, lo que equivale a 80 millones de empleos de tiempo completo.
Más allá de los efectos físicos, el calor también tiene repercusiones mentales. El informe menciona que puede generar estrés, irritabilidad y ansiedad, afectando la toma de decisiones y reduciendo la productividad. Las consecuencias son particularmente graves en economías que dependen de trabajos al aire libre y físicamente exigentes.
La exposición al calor no distingue entre zonas urbanas y rurales. En la zona centro-sur del país, ciudades como Santiago, Curicó, Temuco y Osorno han registrado un aumento sostenido en la cantidad de olas de calor por década. En regiones como Atacama y Antofagasta, el impacto se agrava debido a las condiciones ya áridas y la alta actividad minera.
Según el ISP, el cuerpo humano responde al calor mediante mecanismos fisiológicos como la vasodilatación y la sudoración. Sin embargo, cuando la temperatura ambiental supera ciertos umbrales, estos sistemas pueden fallar. El resultado puede ser desde calambres y síncope, hasta cuadros de agotamiento y golpes de calor, con riesgo de daño orgánico irreversible.
Frente a este panorama, el Instituto de Salud Pública hace un llamado urgente a fortalecer las políticas públicas que integren salud ocupacional y adaptación climática. Entre las medidas recomendadas se encuentran la modificación de horarios laborales para evitar las horas de mayor calor, el establecimiento de sistemas de alerta temprana, la provisión de espacios de descanso frescos, el acceso constante a agua potable y la capacitación en salud laboral para empleadores y trabajadores.
Los efectos del cambio climático ya son tangibles en los cuerpos de quienes trabajan día a día en condiciones adversas. Las soluciones existen, pero requieren voluntad política, coordinación institucional y compromiso empresarial para garantizar entornos laborales seguros. La evidencia científica y las proyecciones internacionales coinciden: sin medidas preventivas efectivas, el calor extremo seguirá profundizando las brechas en salud y productividad en Chile.