“La Huida” (…o de cómo escapamos del dolor)

Anestesiar el dolor no nos hace más fuertes, solo más frágiles. En esta columna, el psicólogo y filósofo Patricio Palacios critica la medicalización de la vida moderna y propone una mirada estoica frente al sufrimiento. Frente a una sociedad que huye del malestar, urge resignificar el dolor como maestro de fortaleza y crecimiento interior.

Por Patricio Palacios. Socio Director TCS Group Chile, psicólogo, filósofo y coach. Docente Mg de Salud Pública Universidad Mayor

La sociedad contemporánea rehúye visceralmente el dolor. Ante su asomo, la mano busca el fármaco, la solución química que anestesie la punzada, el malestar, la incomodidad. Esta aversión, fomentada por una cultura que glorifica el bienestar perpetuo, revela una alarmante falta de valentía para confrontar y resignificar el sufrimiento. Nos hemos convertido en seres frágiles, dependientes de la farmacología para navegar las inevitables asperezas de la existencia; Vivimos inmersos en una paradoja: una era de avances médicos sin precedentes que nos ofrecen alivio para innumerables dolencias, pero también una sociedad que parece cada vez menos tolerante a la más mínima sombra de malestar. Ante el primer atisbo de dolor, ya sea físico o emocional, la reacción casi automática es buscar la solución externa, la píldora que silencie la señal, la terapia que erradique la incomodidad. Esta cultura de la evitación constante, alimentada por una glorificación mediática de la felicidad perpetua y la eficiencia sin fisuras, está erosionando nuestra capacidad intrínseca para confrontar, comprender y, en última instancia, trascender el sufrimiento.

Esta huida constante nos priva de una comprensión más profunda del “malestar”, de su potencial como catalizador de crecimiento y autoconocimiento. El estoicismo, en contraste, nos invita a abrazar la adversidad, a discernir entre lo que podemos controlar (nuestras reacciones) y lo que no (los eventos externos, incluido el dolor físico o emocional). Marco Aurelio nos recordaba que “la naturaleza de las cosas es estar en constante cambio”, y el dolor es una manifestación más de esa dinámica. (ni hablar de Heráclito)

La omnipresencia de la farmacología y la medicalización de la vida cotidiana han creado una dependencia insidiosa. Si bien los avances en el tratamiento del dolor agudo y crónico son innegablemente valiosos y necesarios, la tendencia a medicalizar incluso las experiencias dolorosas inherentes a la condición humana – el duelo, la frustración, el estrés – nos priva de la oportunidad de desarrollar mecanismos internos de afrontamiento. Nos convertimos en individuos cada vez más frágiles, cuya resistencia emocional se atrofia por la falta de uso. ¿Acaso no hay sabiduría latente en el dolor de una pérdida que, aunque desgarradora, nos enseña sobre el valor del amor y la finitud de la vida? ¿No hay un aprendizaje profundo en la frustración de un revés que nos impulsa a la resiliencia y la creatividad?

Lejos de ser un enemigo a erradicar a toda costa, el dolor, desde la perspectiva estoica, puede ser un maestro severo pero valioso. Nos enseña sobre nuestra resiliencia, nuestra capacidad de adaptación y la importancia de enfocar nuestra energía en la virtud y la razón ante la tribulación. La medicación excesiva, si bien necesaria en ciertos casos, a menudo se convierte en un velo que nos impide desarrollar estas fortalezas internas.

Resignificar el dolor no implica buscarlo, sino cambiar nuestra relación con él. Significa aceptarlo como parte inherente de la vida, aprender de sus lecciones y fortalecer nuestro espíritu en el proceso. Al evitar sistemáticamente cualquier atisbo de sufrimiento, nos negamos la oportunidad de templar nuestro carácter y de experimentar una forma de fortaleza que trasciende la mera ausencia de dolor. El estoicismo nos desafía a ser valientes, a mirar de frente al malestar y a encontrar en él una vía hacia una vida más plena y significativa. La filosofía estoica nos recuerda que la valentía no reside en la ausencia de dolor, sino en la capacidad de enfrentarlo con entereza, aprender de él y emerger fortalecidos. Al abrazar esta perspectiva, podemos dejar de ser esclavos de la búsqueda constante del bienestar sin fisuras, dopamina, endorfina,  y comenzar a cultivar una fortaleza interior que nos permita navegar las inevitables tormentas de la vida con mayor sabiduría y serenidad.

Nota: ¿Sabía usted que el concepto “fármaco” tiene la misma raíz etimológica griega, y significado de “veneno”?

Las palabras tejidas en esta columna son el eco singular del autor, sin ataduras ni corsés editoriales. Aquí, la responsabilidad recae en quien escribe, no en las creencias de RH Management

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